khamir
Ok, aquí va una de las mías.
Cuando estaba en la Universidad, tenía un ramo (Latín) que era aburridísimo. Cada vez que el profesor se daba vuelta a la pizarra a escribir algo, ocurría una estampida por la puerta de atrás de la sala. Nunca terminaba la clase con más de 5 alumnos. Un día anuncia prueba. Yo no sabía ni decir hola en Latín porque siempre era el primero en la estampida, así que decidí hacer algo que (lo juro) nunca en mi vida había necesitado hacer. Iba a copiar. me preparé un torpedo increíble, conciso, anatómico, liviano, y abarcaba todo lo que no sabía.
Cuando llegó el momento, mi torpedo y yo, nos ubicamos lo más al medio del curso que pudiéramos. Yo a veces pienso que cuando hablan de que tal jugador (de tenis o de futbol) no gano el torneo por un problema de experiencia, siempre pIenso que es ridículo si la habilidad es la cuenta. Con lo que no contaba yo, es conque yo no tenía ni la habilidad ni la experiencia para tal situación.
Nos pusimos a hacer la prueba, mi torpedo y yo, y no encontraba la manera de cambiarlo de posición desde el bolsillo de mi camisa hacia un punto donde me pudiera aportar algo. En un movimiento increíblemente torpe, logré poner mi torpedo (a esas alturas ya le tenía hasta puesto nombre del cariño que le había tomado) debajo de la hoja de la prueba. Me parecía que tenía que levantar una tapa de alcantarilla para poder leerlo, estaba muy nervioso, tanto que no me podía concentrar ni siquiera en poner mi nombre en la prueba. De pronto, el profesor, en su paseo, quedó justo frente a mí, con su cara de buena persona, miraba cómo su alumnado hacía la prueba mientras detrás de él todos sacaban sus experimentados torpedos. ¡Maldición! no se movía de mi lado y yo no escribía ni una sola letra. En un movimiento digno del chapulín colorado, con el fin de tratar de hacer creer al profesor que aún no escribía no porque no supiera qué diablos escribir, sino porque estaba como viendo por cuál pregunta partía, di vuelta la hoja de la prueba para disimular esta situación. Con el movimiento, mi querido torpedo salió graciosamente volando y haciendo piruetas hacia el pie del profesor, quien lo vió desde que salió volando hasta que se posó en su pie. Lo recogió, lo miró (al muy traidor), me miró a mi (que seguramente debo haberlo mirado como un cordero listo para el sacrificio) y lo fue a dejar a su escritorio. Viéndome traicionado por el único que podía hacer algo por mí en esa prueba, tomé mis cosas, tomé mi prueba, me puse un gran 1 y me fui a llorar al patio.
¡TODA LA CULPA ERA DE ESE MALDITO TRAIDOR!
Ok, aquí va una de las mías.
Cuando estaba en la Universidad, tenía un ramo (Latín) que era aburridísimo. Cada vez que el profesor se daba vuelta a la pizarra a escribir algo, ocurría una estampida por la puerta de atrás de la sala. Nunca terminaba la clase con más de 5 alumnos. Un día anuncia prueba. Yo no sabía ni decir hola en Latín porque siempre era el primero en la estampida, así que decidí hacer algo que (lo juro) nunca en mi vida había necesitado hacer. Iba a copiar. me preparé un torpedo increíble, conciso, anatómico, liviano, y abarcaba todo lo que no sabía.
Cuando llegó el momento, mi torpedo y yo, nos ubicamos lo más al medio del curso que pudiéramos. Yo a veces pienso que cuando hablan de que tal jugador (de tenis o de futbol) no gano el torneo por un problema de experiencia, siempre pIenso que es ridículo si la habilidad es la cuenta. Con lo que no contaba yo, es conque yo no tenía ni la habilidad ni la experiencia para tal situación.
Nos pusimos a hacer la prueba, mi torpedo y yo, y no encontraba la manera de cambiarlo de posición desde el bolsillo de mi camisa hacia un punto donde me pudiera aportar algo. En un movimiento increíblemente torpe, logré poner mi torpedo (a esas alturas ya le tenía hasta puesto nombre del cariño que le había tomado) debajo de la hoja de la prueba. Me parecía que tenía que levantar una tapa de alcantarilla para poder leerlo, estaba muy nervioso, tanto que no me podía concentrar ni siquiera en poner mi nombre en la prueba. De pronto, el profesor, en su paseo, quedó justo frente a mí, con su cara de buena persona, miraba cómo su alumnado hacía la prueba mientras detrás de él todos sacaban sus experimentados torpedos. ¡Maldición! no se movía de mi lado y yo no escribía ni una sola letra. En un movimiento digno del chapulín colorado, con el fin de tratar de hacer creer al profesor que aún no escribía no porque no supiera qué diablos escribir, sino porque estaba como viendo por cuál pregunta partía, di vuelta la hoja de la prueba para disimular esta situación. Con el movimiento, mi querido torpedo salió graciosamente volando y haciendo piruetas hacia el pie del profesor, quien lo vió desde que salió volando hasta que se posó en su pie. Lo recogió, lo miró (al muy traidor), me miró a mi (que seguramente debo haberlo mirado como un cordero listo para el sacrificio) y lo fue a dejar a su escritorio. Viéndome traicionado por el único que podía hacer algo por mí en esa prueba, tomé mis cosas, tomé mi prueba, me puse un gran 1 y me fui a llorar al patio.
¡TODA LA CULPA ERA DE ESE MALDITO TRAIDOR!
Ok, aquí va una de las mías.
Cuando estaba en la Universidad, tenía un ramo (Latín) que era aburridísimo. Cada vez que el profesor se daba vuelta a la pizarra a escribir algo, ocurría una estampida por la puerta de atrás de la sala. Nunca terminaba la clase con más de 5 alumnos. Un día anuncia prueba. Yo no sabía ni decir hola en Latín porque siempre era el primero en la estampida, así que decidí hacer algo que (lo juro) nunca en mi vida había necesitado hacer. Iba a copiar. me preparé un torpedo increíble, conciso, anatómico, liviano, y abarcaba todo lo que no sabía.
Cuando llegó el momento, mi torpedo y yo, nos ubicamos lo más al medio del curso que pudiéramos. Yo a veces pienso que cuando hablan de que tal jugador (de tenis o de futbol) no gano el torneo por un problema de experiencia, siempre pIenso que es ridículo si la habilidad es la cuenta. Con lo que no contaba yo, es conque yo no tenía ni la habilidad ni la experiencia para tal situación.
Nos pusimos a hacer la prueba, mi torpedo y yo, y no encontraba la manera de cambiarlo de posición desde el bolsillo de mi camisa hacia un punto donde me pudiera aportar algo. En un movimiento increíblemente torpe, logré poner mi torpedo (a esas alturas ya le tenía hasta puesto nombre del cariño que le había tomado) debajo de la hoja de la prueba. Me parecía que tenía que levantar una tapa de alcantarilla para poder leerlo, estaba muy nervioso, tanto que no me podía concentrar ni siquiera en poner mi nombre en la prueba. De pronto, el profesor, en su paseo, quedó justo frente a mí, con su cara de buena persona, miraba cómo su alumnado hacía la prueba mientras detrás de él todos sacaban sus experimentados torpedos. ¡Maldición! no se movía de mi lado y yo no escribía ni una sola letra. En un movimiento digno del chapulín colorado, con el fin de tratar de hacer creer al profesor que aún no escribía no porque no supiera qué diablos escribir, sino porque estaba como viendo por cuál pregunta partía, di vuelta la hoja de la prueba para disimular esta situación. Con el movimiento, mi querido torpedo salió graciosamente volando y haciendo piruetas hacia el pie del profesor, quien lo vió desde que salió volando hasta que se posó en su pie. Lo recogió, lo miró (al muy traidor), me miró a mi (que seguramente debo haberlo mirado como un cordero listo para el sacrificio) y lo fue a dejar a su escritorio. Viéndome traicionado por el único que podía hacer algo por mí en esa prueba, tomé mis cosas, tomé mi prueba, me puse un gran 1 y me fui a llorar al patio.
¡TODA LA CULPA ERA DE ESE MALDITO TRAIDOR!
Posted on 7/30/2008